martes, 25 de agosto de 2026

RESEÑA DEL LIBRO MANHATTAN TRANSFER DE JOHN DOS PASSOS

 

 
 

RESEÑA DEL LIBRO MANHATTAN TRANSFER DE JOHN DOS PASSOS


Leído Faulkner y Hemingway te falta John Dos Passos para conocer los grandes de la literatura estadounidense”, me dijo un amigo cuando le contaba a quien había leído en distintos veranos. Así que, muy ilusionada para tener una lectura de verano, me compré este libro, el más conocido de John Dos Passos Manhattan Transfer, pero mi sorpresa fue que, al llegar a casa, ya lo tenía; habíamos vaciado la biblioteca de casa de mis padres y mi hijo había salvado a este libro Manhatan Transfer. Cuántos años habrá estado en la estantería en la casa de mis padres y yo no lo había leído. Es de esos libros que pertenecen a una colección cuidadosamente encuadernada en granate y oro que mi madre seguramente compró a un vendedor de libros de los que llaman a la puerta y que los compraba para que sus hijas tuvieran la oportunidad de conocer todo lo que ella no había podido; pero creo que yo, en aquel entonces, estaba más con la poesía de Bécquer que con la literatura contemporánea.

Mi hijo ya me había anticipado que me iba a encantar, que era un libro con técnicas vanguardistas como el collage o de estilo cinematográfico, que alternaba escenas, noticias y letras de canciones para componer un retrato de la ciudad de Nueva York.

No he buscado nada del momento histórico en que se escribió el libro ni del autor porque, como he dicho otras veces, prefiero no recibir influencias del exterior antes de leer. Ahora, con la IA, menos que nunca, para que las reseñas que escribo sigan siendo un reflejo de mis propias experiencias. Mientras lo leía, sus descripciones me llevaban a recordar diferentes escenas de cine; tenía la sensación de haber estado allí.

El libro está dividido en tres secciones. Quizá, como en todas las novelas, podría decirse que la primera es el planteamiento; pero el planteamiento de una ciudad, no de la historia de unos personajes: Nueva York antes de la Primera Guerra Mundial. El escritor nos presenta una ciudad en constante movimiento con toda su vida alrededor: los espacios (los bares bostezan luminosos, en las esquinas de las calles empapadas de lluvia. La luz amarillo de los espejos y de las barras de latón y los marcos dorados”), las arquitecturas, las calles (Era de noche. Soplaba el viento. Todo estaba lleno de pesadas sombras que avanzaban, de ruidos de pasos que le perseguían …”) y los personajes.

Cuando empecé a leerlo y a apuntar nombres, me recordaba a La Colmena de Camilo José Cela: un abanico de personajes que no conseguía memorizar. Hasta que me dí cuenta que lo de menos eran los personajes; lo importante era su caracterización a través de la ropa, los detalles y la descripción de los ambientes, sonidos u olores que tan bien describe John Dos Passos. Estamos tan acostumbrados a recibir información del exterior a través de la imagen que los olores quedan en un segundo plano; sin embargo, este escritor consigue “fotografiarlos”: “Mamá tenía puesto su vestido salmón. Cuando abrió la puerta, un tenue olor a agua de colonia y a medicina salió del dormitorio, prendido en las mangas orladas de encajes.” Los ruidos de la gran ciudad, los objetos, la música que suena a lo lejos… todo acompaña para crear unas escenas en las que pareces estar dentro: “El ruido de los coches y de los tranvías penetraba a intervalos a través de las ventanas cerradas, los radiadores martilleaban y silbaban.” Así que empecé a convertirme, más que en lectora, en observadora que mira desde una ventana y enmarca las vidas de quien ve sin importarle sus nombres.

Desde sus primeras páginas también nos describe la sociedad de aquella época: la gente humilde que quiere conseguir un puesto mejor, la ambición de los adinerados para buscar un lugar de poder en el mundo y la juventud rebelde y carismática que viven al límite: En el mundo entero pasa lo mismo: la policía moliéndonos a palos, los ricos explotándonos con sus míseros jornales y ¿quién tiene la culpa? … ¡Dio cane! Usté, yo, Emile, todos tenemos la culpa.” “…Todas las personas son lo mismo. Solo que algunas van para arriba y otras no… por eso vine yo a Nueva York”.

Dentro de cada sección, la novela se divide en capítulos relativamente cortos que están introducidos por párrafos que ambientan la escena, como si en un teatro se construyeran los escenarios. Este párrafo es el comienzo del libro y parece imposible que el escritor vaya a poder mantener esa intensidad en toda la novela; sin embargo, lo consigue: Tres gaviotas giran sobre las cajas rotas, cáscaras de naranja, los repollos podridos que flotan entre los tablones astillados de la valla. Las olas verdes espumean bajo la redonda proa del ferry que, arrastrado por la marea, corta el agua, resbala, atraca lentamente en el embarcadero”. John Dos Passos demuestra ser también un artista plástico del lenguaje en este precioso fragmento en el que dice más de lo que hay: ”La viva luz que alumbra el comedor de nogal se quiebra en los cuchillos y tenedores de plata, en los dientes de oro, en las cadenas del reloj, en los alfileres de corbata, se empapa en la oscuridad de los paños, brilla en la redondez de los platos, en las calvas, en los cubrefuentes”.

En la segunda sección representa el nudo de la obra: la Primera Guerra Mundial ha comenzado y las historias de los personajes empiezan a cobrar más importancia. La guerra se lleva sus ilusiones, comienzan los traumas, los duelos por las pérdidas; algunos aprovechan el oportunismo para hacerse ricos y otros son incapaces de soportar la realidad del entorno. El escritor muestra la complejidad humana en sus personajes, donde todo no es ni blanco ni negro ni hay buenos ni malos :¿Por qué sigo yo arrastrando una existencia miserable en esta ciudad imbécil y epiléptica? Esto es lo que yo quisiera saber.” Se construyen los retratos de una época, mostrando cómo algunos hombres caen en la desesperación y la bebida (“Su pobre padre está desesperado. Es muy listo, tienen una gran personalidad, etcétera, pero no hace más que beber y armar líos creo que lo que necesita es trabajar y adquirir sentido de valores.”), mientras algunas mujeres desean libertad para cumplir sus sueños: Pero ahora busco la belleza espiritual y pretendo encontrarla en mis bailes, en mi vida, busco belleza por todas partes y creí que Morris la buscaba también”. Las relaciones entre hombres y mujeres se muestran más intensamente que nunca; son, en general, de sometimiento y de poder del hombre contra la mujer, una masculinidad que en aquella época se consideraba normal, pero que hoy sería calificada de toxica “Oh Cecily, una mujer como tú no puede comprender las exigencias físicas de un hombre como yo” y “ George, yo no quiero ser de nadie… ¿ Es qué no le cabe a usted en la cabeza que una mujer necesita libertad...Yo no soy de esos hombres con los que se juega como un muñeco…”

Con la sensibilidad habitual en mí, miró al marcapáginas que me acompaña en la lectura porque necesito un pequeño respiro para recuperarme de ver cómo la guerra transforma a los personajes y a la ciudad. Miro el perfil del escritor Juan Ramón Jimenez, que es el marca páginas que compré en Moguer (un pequeño pueblo de Huelva lleno de luz) y que contrasta con la imagen de la ciudad de Nueva York, donde “los autobuses se alinean como elefantes en una parada de circo…”. Entiendo por qué yo nunca me había sentido atraída a visitar Nueva York, y recuerdo que, en la Universidad, mientras yo tenía la ilusión visitar ciudades que habían sido la cuna del Arte (como Roma, Atenas, Florencia o París), la ilusión de la vida de mi amiga era visitar la ciudad de los rascacielos. Ahora, después de leer este libro y sobre todo de ver muchas películas sobre ella, conozco una Nueva York diferente a la del éxito, el dinero y de los artistas vanidosos: veo otra América donde también hay seres humanos que cambian y evolucionan, y, curiosamente, una ciudad de oportunidades.

Parece que la música está sonando durante todo el tiempo en el libro. John Dos Passos nos descubre canciones y momentos y nos lleva a recordar las escenas del cine como El Gran Gastby, Ragtime o Erase una ves en América, el fonógrafo suena como un símbolo de estatus social para integrarse en el sueño americano y yo también buscó en las plataformas las canciones para escucharlas como“He’s a Ragpicker, Sweet Rose O’Grady, Everybody’s Doing It o In My Harem . “Se puso de nuevo a bailar con Harry Golweiser”. La música forma parte de la vida de los personajes “La pista giraba vertiginosamente, luego más despacio. El ruido disminuía Ellen se sintió de repente indispuesta”.

Aparecen letras mayúsculas para expresar las luces de neón de una ciudad y expresiones como “por la memoria de tu madre”, “inclinarme ante todos esos chupatintas”, “es un hijo de su madre”, “consultarlo con la almohada”, “me gusta estar al corriente” o “me dejaría en la luna de Valencia” que me resultan muy familiares, me parece escuchar a mis padres y definen toda una época. Supongo que al traductor José Robles Pazos no le resultaría fácil elegir la traducción mas correcta del inglés americano al español; por cierto, tenía muy buena relación con el autor y hay una historia impresionante entre ellos y Hemingway.

En este mosaico urbano con tanta multitud de nombres con recortes de periódicos, fragmentos de conversaciones y personajes fugaces que solo aparecen una vez, hay que destacar (sin revelar los detalles importantes) a Ellen Tatcher, actriz que se convierte en el símbolo de la mujer frívola de los años 20; Jimmy Herf, joven periodista que no consigue adaptarse al ritmo deshumanizador de la ciudad; George Baldwin, abogado de origen humilde que consigue enriquecerse y conseguir puestos políticos importantes, y Stanwood Emery, joven rebelde que no consigue encontrar sentido a la vida en la sociedad neoyorquina.

La tercera y última sección del libro es el desenlace de la sociedad en una ciudad tras la guerra. Me siento un poco como cuando leí Cien Años de soledad de Gabriel García Márquez: al lado de los personajes, con la curiosidad de ver cómo se iban a desarrollar sus vidas, con la diferencia en que en Manhattan Transfer pasan veinte años y en Cien Años de soledad, cien. Es una época en la que mis abuelos eran jóvenes y de la que me hablaban por la cantidad de cambios que hubo también en España (conservo algunas cosas de ellos de ese tiempo). En esta parte del libro, al igual que en la película Erase Una vez en América, el alcohol prohibido se toma en tazas café; unas tazas que no puedo evitar nombrarlas porque en la película son iguales a las que conservo de mis abuelos.

La ciudad de Nueva York va convirtiéndose en un lugar alegre y confiado. Diferentes fragmentos de conversaciones nos cuentan las situaciones de cada uno: unos reciben con alegría a quien vuelve de la guerra con la esperanza de mejorarla (“Daremos a conocer nuestra campaña al país…, a este gran pueblo americano, generoso y de corazón, por el que luchamos, por el que dimos nuestra sangre y nuestras vidas”); otros muestran la preocupación por buscar influencias para conservar su estatus social (“...Si es muy distinguido… Oh él y yo hemos sido siempre buenos amigos… Sí, es esencial codearse con los de arriba”); los que han conseguido ser unos distinguidos caballeros (Oh todas esas zarandajas de danzas plásticas y literatura y radicalismo y psicoanálisis… Dosis excesiva, supongo… Si, creo que es eso, George… creo que estoy envejeciendo”) y los que se ven sin rumbo a donde ir (“Todas las cosas le hacían sentir la efervescencia de la risa contenida. Eran las once. No se había acostado. La vida estaba patas arriba. El era una mosca que andaba por el techo de una ciudad al revés. Había abandonado su empleo”).

Realmente es una novela impresionante; tiene un estilo muy vanguardista que nada tiene que ver con el de Faulkner o Hemingway. He querido llegar a querer más a Nueva York y conocer más cosas de esta ciudad; mientras he leído esta novela he procurado leer, escuchar y ver todo lo relacionado con ella. Parece que nos han contado que es una ciudad sin historia, allí no se asentaron poblados iberos, las culturas griegas o romanas como en Europa, el llamado Viejo Continente (de hecho, también me han contado que en los colegios a penas se estudia historia); sin embargo, creo tiene que haber una cultura antes que el capitalismo dominara el país y que me gustaría conocerla.



Aconsejo su lectura, no sólo por su estilo único a modo de collage y que nos recuerda continuamente al cine, sino también porque nos acerca a una sociedad que como todas las sociedades se ve la complejidad del carácter humano y se disfruta en muchas ocasiones de una prosa poética inigualable.


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