Autor: William
Faulkner
Editorial: Ediciones
Orbis 1986
N.º de páginas:
334
Cuando confluye la opinión de un amigo que me habla de un escritor que conoce la psicología femenina a la perfección con la opinión de mi hijo que me habla de un escritor maestro de maestros y de obligada lectura aparece “Santuario” de William Faulkner. No sé si lo más apropiado para iniciar su lectura fue sentarse en una playa al atardecer porque ese ambiente tan apacible y luminoso contrastaba con el contenido del libro lleno de penurias humanas. “Era una luz exhausta, fúnebre, completamente agotada, con la prolongada fatiga de un agua estancada a la que no llegan ni la luz del sol ni los ruidos llenos de vida que la acompañan”. Sí, quizá sí, quizá precisamente por eso fue un buen sitio para encontrarse con Faulkner.
Para mi era un gran desconocido y al leerlo he descubierto que lo conocía, su forma de
presentar a los personajes en muchos casos sin nombre llevándolos
hasta el final como la mujer, el niño o el hombre vestido de tal o cual color;
su forma de presentar las acciones a través de pequeños detalles
donde el mismo lector va construyendo la historia; descripciones de
ambientes como se nos presentan en el cine y una narrativa de largos
párrafos. Todo esto está en otros grandes autores como Gabriel García Márquez, Onetti o Javier Marias, lo conocía a
través de estos que lo han tenido como maestro pero conocerlo
de primera mano es un lujo, os lo aconsejo.
La historia está
cerca de la novela negra, he leído que es una de
las obras que más éxito tuvo y sin embargo es la obra que el
autor se siente menos orgulloso. Solía regalar a su madre todas las
obras que escribía pero está no se la regaló, según él la
escribió para sacar dinero y lo hizo pensando en lo que a los
lectores les gustaba. Esto es anecdótico cuando lo lees porque
incluso aun por eso se muestra como un gran escritor. Me cuesta
contar el argumento para no desvelar las sorpresas que nos va
brindando, pero si decir que los hilos argumentativos se centran en
dos personajes Temple Drake y Horace Benbow. Temple es una joven
universitaria hija de un juez que vive una vida alegre y atrevida que
le llevará a conocer personajes como Lee Goodwin un contrabandista
de whisky que convive con una mujer y su hijo que tiene la vida consagrada a él y a todos los hombres que viven en su casa y Popeye un gánster con el que le ocurrirá un
acontecimiento que le cambiara la vida y se verá obligada hacer los
más terribles actos que una mujer puede sufrir. “Temple se había
echado el sombrero hacia atrás, poniendo una nota de inestabilidad y
de ambigüedad moral sobre sus rizos enmarañados”. El otro hilo
argumentativo está centrado en Horace que es un abogado bueno que
intentará salvar a Lee Goodwin acusado de asesinar a Tommy un
joven negro empleado en su casa, pero Horace también parece tener
comportamientos turbios con las mujeres con las que convive, su
mujer, su hijastra y su hermana.
El libro está lleno
de ejemplos que reflejan una sociedad machista, donde la mujer es
maltratada y sometida al hombre y la única opción para ellas es
sobrevivir. Retrata a esa sociedad a la vez que retrata a los
personajes femeninos como si los conociera a la perfección. “Y
sabía también que ella se daba cuenta gracias a esa inagotable
capacidad femenina para desconfiar de los móviles de todo el mundo
que parece en principio simple afinidad con el mal pero que resulta
ser en realidad sentido práctico”. Aunque el libro está lleno de
maldades humanas yo me quedo con la belleza en sus descripciones que
nos llevan a sentir la luz, los olores, los sonidos y con ellos las
emociones de los personajes y a situarnos en las escenas como si
estuviéramos allí mismo. “A Horace le llegaba el aroma de
madreselvas que subía por la pendiente plateada y oía el canto de
la chotacabras, suave, quejumbroso, reiterativo.”
Es una historia
triste y conmovedora cargada de emoción y con una narrativa
extraordinaria. Cuando leo suelo hacer anotaciones sobre el libro pero en este caso al revisar las notas he comprobado que sobre todo tengo acotaciones de sus textos, reescribirlos quizá haya sido como fotografiar su escritura para que permanezca. Merece la pena conocer
a un premio Nobel como William Faulkner